Lunes 21 de Agosto del 2017
Santo Domingo, República Dominicana

Guido Gómez Mazara

El fatalismo liberal (1 de 2)

Cuando se auscultan con tranquilidad los motivos que han impedido un pacto racional e inteligente de las fuerzas liberales en el devenir de nuestra historia, resulta honesto reconocer un síndrome fatal que caracteriza los actores políticos provenientes de ese litoral: desde el nacimiento de la república, salvo reconocidas excepciones, los proyectos personales derrotaron el interés general.

El simple hecho de que Tomás Bobadilla prevaleciera frente a Juan Pablo Duarte perfiló una tendencia que logró reafirmarse porque la primera confrontación institucional se orquestó sobre la interpretación del artículo 210, y resultó favorecido el sector conservador. Ironías del destino, pero amargo sello distintivo de una reiterada consistencia donde las fuerzas liberales impulsan los acontecimientos y las conquistas de los espacios de poder terminan en las manos menos indicadas. En nuestros episodios iniciales, Pedro Santana encabezó el sector victorioso.

Desde el mismo nacimiento de la patria, los sectores conservadores poseen un mayor instinto para conceder un carácter secundario a sus confrontaciones con el claro objetivo de preservarse en el poder. Además, los referentes liberales que pretendieron romper el equivocado rumbo autoritario no establecieron sus raíces institucionales debido al reducido tiempo en que gobernaron la nación. A los insignes Ulises Francisco Espaillat, Ignacio María González y Francisco Gregorio Billini sus detractores los acusaron de no exhibir la “virilidad en la toga” en franco reconocimiento de que sus ideas y proyectos no encajaban en una dinámica social desdeñosa frente a prácticas de decencia administrativa. Sobre todo, porque hicieron del principio de la alternabilidad hábito en una sociedad tutelada por la vocación de perpetuidad de sus hombres públicos.

En esa cadena de debilidades donde exponentes experimentan un cambio inesperado y pasan de la noche a la mañana a servir las ideas que combatieron se encuentra Ulises Heureaux, capaz de transformar su condición de oficial del ejército restaurador y protegido del líder militar Gregorio Luperón, a dictador implacable. El contexto histórico de esa “transformación” pasa por traicionar los principios de la organización con mayor tradición liberal, el partido azul. Ajusticiado por un trío de ciudadanos cuya acción los colocaría en los rieles de la historia, Jacobo de Lara, Ramón Cáceres y Horacio Vásquez. Ese 26 de julio de 1899, la ciudad de Moca se constituyó en el escenario que lanzó al estrellato tanto a Cáceres como a Vásquez, pero sus veleidades e incomprensiones del proceso político fragmentó esa intentona de naturaleza liberal distanciando a dos de sus connotados exponentes.

Desde el ajusticiamiento de Heureaux hasta el ascenso al poder de Trujillo transcurrieron 31 años y la mayoría de los hombres públicos que aspiraron o perdieron sus vidas en el ejercicio de la lucha política exhibieron algún tipo de inclinación por las ideas liberales. Dos exponentes de especial significación fueron Cáceres y Vásquez. El primero, murió en noviembre de 1911 a manos de Luis Tejera abortando un proceso de innegable crecimiento y desarrollo del país donde el respeto a las libertades públicas constituyó una señal de avance institucional. Y en el caso del segundo, terminó su vida apostrofado por la mayoría de los ciudadanos que nunca llegaron a comprender cómo un líder de sus características terminaba extendiendo el período de su administración por dos años y creando las condiciones para que el 23 de febrero de 1930, el autoritarismo revestido de lo que el poeta Tomás Hernández Franco calificara de revolución más bella de América, ascendiera las escalinatas del palacio nacional.

Cuando en el país no se crearon las bases para una estabilidad institucional, figuras como Juan Isidro Jimenes, Horacio Vásquez, Alejandro Woss y Gil, Morales Languasco, Mon Cáceres, Eladio Victoria, Adolfo Alejandro Nouel, José Bordas Valdez y Ramón Báez se sucedieron en el poder, y en tres décadas no lograron afianzar una propuesta política de carácter liberal debido a que sus respectivas personalidades no estaban fascinadas por las ideas , sino un afán claramente orientado hacia la naturaleza caudillista de cada uno de esos líderes políticos.

Un elemento esencial que fortaleció los aires conservadores en el interregno 1899/1924 lo representó la llegada al poder de Woodrow Wilson, en los Estados Unidos. Aunque demócrata de militancia, autorizó la ocupación, primero en Haití y exigió al gobierno dominicano la reducción o disolución de la estructura militar que se oficializó como intervención con la renuncia del presidente quisqueyano el 7 de mayo de 1916. Meses antes, Juan Isidro Jimenes no pudo resistir los requerimientos de las autoridades estadounidenses que obligaban al despido de todo el personal militar dominicano de las oficinas aduanales, controladas por funcionarios extranjeros como resultado de la Convención Dominico/Americana de 1907. Es decir, con posterioridad al fracaso de casi dos décadas esperando una propuesta liberal, la sociedad dominicana de entonces asumió la tesis del tutelaje financiero y posteriormente como modalidad pacificadora.

Aunque el fenómeno no era exclusivo del país, vale la pena recordar que la dictadura de 31 años establecida entre nosotros se reprodujo en sociedades latinoamericanas bajo argumentaciones, con tintes de academicismo, donde el factor del hombre fuerte o la mano dura terminaría extendiendo los procesos de ocupación cuando “encontrado el hombre indicado”, los sectores conservadores se aseguraron de liquidar todo intento auténticamente democrático.

Para que los Rojas Pinilla, Juan Vicente Gómez, Anastasio Somoza, Jean Claude Duvalier, Alfredo Stroessner, Augusto Pinochet, Velasco Alvarado, Humberto Branco, Tiburcio Carías, Carlos Castillo Armas, Porfirio Díaz, Hugo Banzer, Juan Antonio Páez y Aparicio Méndez se perpetuaran en sus respectivos países necesitaron de alianzas internas que, bendecidas antes y durante la guerra fría fortalecieron todo un tinglado conservador, y posterior al establecimiento de procesos democráticos se transformaron en fuerzas sociales con una expresión electoral profundamente enraizada en el alma de los pueblos.

Cuando las fuerzas sociales comenzaron su acomodo frente a la realidad de un Rafael Trujillo Molina una multiplicidad de “tesis” estaban debatiéndose en toda Latinoamérica y apuntaban hacia la consagración del hombre iluminado apto para conducir el barco del gobierno a puerto seguro. En Venezuela, Bolivia, Perú, Argentina y Colombia aparecieron insignes intelectuales como Vallenilla Lanz, Alcides Arguedas, De la Riva Agüero, Carlos Bunge y Carlos Torres que pretendieron, con bastante éxito fundamentar un cuerpo de ideas justificadoras del autoritarismo. Y en el país, muchos sirvieron de arquitectos intelectuales de la tiranía. Eso sí, nadie describió con tanta habilidad la dictadura y fundamentó su existencia como Joaquín Balaguer en un discurso titulado, El Principio de la Alternabilidad en la Historia Dominicana, dado a conocer en septiembre de 1952 en los salones del Ateneo Dominicano.

Una simple aritmética refleja que entre 1899 hasta las elecciones de diciembre 1962, mediante la vía democrática, el gobierno de Juan Bosch y el PRD era el único que presentaba credenciales y compromisos con la agenda liberal. Los casos de Horacio Vásquez y Ramón Cáceres podrían categorizarse como de corte democrático, pero los componentes programáticos que caracterizan el pensamiento liberal no necesariamente tipificaron ambas administraciones.

Si la historia se repite como tragedia o comedia, el experimento sietemesino de Juan Bosch colapsó para volver por los senderos de fuerzas sociales que, sin una mayoría electoral y bajo el calificativo de Consejo de Estado y Triunvirato, siguieron perpetuando en el Estado los valores y la carga conservadora. Además, la carga ideológica que sirvió de fundamentación para el golpe de estado de septiembre de 1963 apelaba a los valores tradicionales de la sociedad como el catolicismo vs comunismo y una Constitución que desapareció del mapa sucesoral las distinciones entre hijos legítimos y naturales. Para reforzar la ambientación distante de los ajetreos liberales, llegamos a la guerra de abril de 1965, en el marco de acontecimientos y líderes estadounidenses con una característica: miembros del partido demócrata, con una clara visión expansionista y apegados a la doctrina de Guerra Fría. L.B. Johnson (1965), al igual que W.Wilson (1916), era un demócrata del centro que, en el orden práctico, se reputa de conservador.

El derrocamiento de Juan Bosch se constituyó en un referente propio del ciclo conspirativo estimulado en todo proceso de Guerra Fría donde Juan Jacobo Arbenz , Salvador Allende y el mismo expresidente dominicano representaron una trilogía de proyectos políticos inviables en la región, porque el grado de influencia estadounidense confundía las alternativas democráticas y liberales con opciones comunistas. De ahí, la excepción: el triunfo de la revolución cubana en 1959 y la victoria sandinista en 1979. En ambos procesos, la toma del poder no se consiguió por la vía electoral.

Así como se entendió peligroso las victorias de presidentes liberales con posterioridad a la llegada al poder de Fidel Castro, la administración Reagan abortó otro experimento caribeño con bastante afinidad a las propuestas de izquierda, Maurice Bishop, en Grenada. Derrocado por la administración Reagan, pero la victoria electoral la obtuvo mediante el voto popular. Es bueno consignar que Jaime Roldós Aguilera, en Ecuador, y Omar Torrijos, en Panamá, murieron en accidentes trágicos y su desaparición ha sido objeto de terribles especulaciones. Básicamente, porque sus gestiones exhibieron un perfil nacionalista y eran percibidos como no obedientes al orden político prevaleciente.

Ese contexto internacional podría servir para entender las razones de un auge y permanencia de los gobiernos conservadores en nuestras sociedades. El caso dominicano es revelador de cómo las “victorias” electorales después del año 1966 se consiguieron más por la división de la franja liberal que por la fortaleza del voto conservador. Por eso, hacia 1978, José Francisco Peña Gómez había ganado la batalla frente a Juan Bosch respecto de la tesis electoralista/no electoralista y el triunfo del PRD era posible en 1974. Un libro que explica al detalle ese debate entre dos colosos respecto de la participación electoral es el de Alberto Despradel Cabral, titulado, 18 cartas de Juan Bosch a José Francisco Peña Gómez.

La no participación del Acuerdo de Santiago en las elecciones de 1974 crearon las condiciones para derrotar a Balaguer en la próxima contienda. Y si algo explica la postura de Bosch y el PLD ante la victoria de Antonio Guzmán en 1978, colocándose al margen de amplios núcleos ciudadanos que votaron a favor de la propuesta del partido blanco, consistió en el dolor acumulado por el viejo maestro ante el líder emergente capaz de coordinar con bastante inteligencia toda la franja liberal alrededor del cambio y conducir una propuesta auténticamente democrática al poder. Por su naturaleza autoritaria, Juan Bosch interpretó la victoria del PRD en 1978, como una derrota personal.

El historiador Bernardo Vega, en su libro sobre “La victoria electoral de Balaguer en 1966” desmonta el criterio generalizado sobre el robo de esas elecciones y atribuye la fortaleza del voto rural sobre el urbano ser un factor de triunfo del candidato reformista. Si aceptamos esos argumentos, vale la pena adicionar que la alta presencia de tropas extranjeras en el país y la ausencia de la campaña electoral (los documentos desclasificados apodaron al candidato del PRD con el nombre de Juan de la Cueva, porque salió en dos oportunidades de su casa entre enero y mayo) del principal candidato opositor, Juan Bosch favorecieron la opción conservadora y se perdió la oportunidad de instalar en la dirección del mando administrativo a los sectores que apelaban al retorno de la constitucionalidad perdida.

Aunque ha sido el ingeniero José Israel Cuello, el autor de la idea sobre “pitcher y receptor” entre Joaquín Balaguer y Juan Bosch durante el período 1966/1978 no existen pruebas documentales al respecto. Lo innegable es que el intelectual y conocedor singular de la realidad política dominicana conecta en la diana cuando establece que el autor de La Mañosa sirvió de legitimador de los gobiernos reformistas porque en su interior conocía que no podía acceder al gobierno por vía de las elecciones, en medio de todo un proceso de Guerra Fría y como resultado de su viraje ideológico e inicio de una propuesta partidaria de liberación nacional.

En el orden práctico, entre 1966/1978 el bloque conservador se fortalece alrededor de Joaquín Balaguer y dos rasgos esenciales sirven para afianzarlo: 1) Su presidencia sirvió de muro de contención a un partido y fuerzas liberales que habían participado en 1965 en una guerra civil y como parte del diseño estratégico de toda la guerra fría era importante impedir el éxito de partidos o fuerzas sociales colindantes con la revolución cubana. Aunque el PRD no tenía orientación marxista, su figura emergente mantuvo lazos con sectores de la izquierda y en el país, producto de la manipulación conservadora, se asociaban a los liberales y marxistas. 2) Asumir el estímulo y desarrollo de los sectores de clase media tratando de priorizar los anhelos de movilidad social en amplios núcleos del país y creando una ambientación donde la creación de entidades de ahorros y préstamos, inicio de la banca comercial privada y universidades alternativas a la del Estado y las bases para los flujos de migración masiva a los Estados Unidos.

Esos doce años de afianzamiento del pensamiento conservador se mantuvieron con un innegable nivel de cohesión. Si en las calles, los actores de mayor consistencia contra el régimen eran aniquilados, las fuerzas opositoras se aglutinaron alrededor del tema de los derechos humanos, el exilio y presos políticos. Y en ese espacio tenían coincidencia, izquierdistas, intelectuales, periodistas, dirigentes sindicales y deportivos, sectores liberales, una parte de la iglesia y conservadores, como los socialcristianos que, no estaban de acuerdo con los niveles de violencia, desarrollados desde la presidencia de la república.

Acontecimientos de especial importancia se fueron acumulando por espacio de doce años y su beneficiario electoral en mayo de 1978 sería el PRD. Eso sí, esos votos no eran de factura perredeistas sino que correspondían a los niveles de insatisfacción con la administración balaguerista y el debilitamiento del bloque conservador donde, el distanciamiento con Augusto Lora, los excesos de La Banda Colorá, las leyes agrarias y la ruptura con Luis Julián Pérez sumados a los asesinatos de Gregorio García Castro y Orlando Martínez terminaron por fragmentar e indignar a sectores sociales que habían apostado al mal menor desde el año 1966.

En el momento que Antonio Guzmán se juramenta como presidente constitucional, el 16 de agosto de 1978 una propuesta liberal se estacionaba en el despacho presidencial. Aunque no era un hombre de coqueteos ideológicos sus posturas políticas hasta ese momento configuraban a un político sensible y de compromisos con los mejores intereses. La conformación de su gabinete abrió las puertas de la administración pública a un grupo de hombres y mujeres que por años habían estado en la primera línea del reclamo social y combate ciudadano. Y el elemento que tipificaba la naturaleza liberal residió en su partido y el viraje ideológico experimentado desde 1976, cuando el PRD ingresa a la Internacional Socialista.

 

tras Opiniones de Guido Gómez Mazara

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