Martes 22 de Agosto del 2017
Santo Domingo, República Dominicana

Ivelisse Prats Ramìrez de Pèrez

Memorioso mangù con Tonito
Las noches eran oscuras, ominosas. Las alumbrábamos con nuestras empecinadas utopías, con esa luz que encendimos el 24 de abril, hecha de rebeliones e ideales. Varias veces a la semana, en la casa de amplia galería de la calle Luisa Ozema Pellerano, en Gazcue, un parloteo animado perforaba las sombras a partir de las 7 u 8 pm. Varios adultos reunidos, primero sentados en mecedoras en esa galería acogedora, y ya luego en el comedor, conversaban con las impetuosas notas altas que caracterizan al hablante dominicano. Una voz, igualmente arrebatada, pero con acento extranjero, ponía un “cántico” diferente de los demás. 
 
El que se acercaba escucharía además carreras y gritos infantiles, reclamos de atención de unos/as niños/as que punteaban como rasgueos de guitarra, la conversación. Evoco la imagen, el tiempo, los sentimientos enfebrecidos y los actores, al regreso del funeral de Tonito Abreu, uno de los más pertinaces visitantes-charlistas de esas noches de mayo de 1965. 
 
Mi casa, destartalada, quizás por eso tanto más familiar y cercana para vecinos, amigos y compañeros, era el escenario que recordé. Y a Tonito, entrando por la puerta siempre abierta, con la sonrisa que en esas noches encubría largas horas de combates y zozobras en las calles de la ciudad en armas. 
 
Los invasores no lograron nunca abatir el ánimo de los Revolucionarios de Abril, igualmente, ningún problema por grave que fuera, las penurias de la guerra, la enfermedad que lo mordió en los últimos años borró esa sonrisa, oriflama idiosincrático en su rostro, proclamando buen carácter, el terco “joi de vivre” de Tonito.
 
A esas tertulias de Abril, él no llegaba solo, venían algunos de los comandantes, Jaime Cruz, Barahona, u otro combatiente compañero y un sujeto singular, un poco estrafalario, Tonito, un extranjero que pronto se nos metió en el corazón, y ocupó en nuestros cerebros un lugar importante, ganado a pulso por sus conocimientos, sus agudos análisis, su buen humor, y esa apariencia de perro apaleado que inspiraba afecto, hasta ternura.
 
Piero Leghese, autor de una de las obras más importantes sobre la Revolución de Abril, “La crisis dominicana”, empezó visitando mi casa, y se convirtió en personaje conocido, cronista de la guerra, y amigo, gran amigo de mi familia. El puente que nos relacionó fue Tonito Abreu. 
 
Mi papá, ya enfermo, encandilado el antiimperialismo que lo condujo a prisión durante la Primera Intervención de 1916, revivía cada noche escuchando hazañas de Caamaño, de Fernández Domínguez, narradas por Tonito. Levantaba sus ojos cansados para mirarlo de frente, yo creo que se sentía reivindicado de los años tristes de la tiranía. 
 
Porque la libertad, no es prejuicio burgués, como definía Lenin, ni el sueño de turiferarios engreídos de Primo de Rivera, la libertad que coaguló Trujillo, secuestrados por quienes derrocaron a Bosch, renacía en las luchas que Tonito recreaba mientras cenábamos el frugal mangú, a veces solo acompañado con cebolla, que nos sabía a gloria, aderezado con el confiado entusiasmo que nos acompañó en la primera etapa de la Revolución. 
 
Después de la paz “concertada”, inducida, obligada, Tonito y yo nos veíamos con  menos frecuencia, pero con el mismo cariño. Una noche en que la persecución de unos cuantos y la vesania balaguerista llevaron amigos a mi hogar, para acompañarme en la indignación entre el ultraje de un embargo ilegal, Tonito estuvo con nosotros, con mis hijos, con Mario, con quien hizo amistad en los grupos intelectuales de Abril. Sentado a mi lado, menos sonreído que habitualmente, me manifestó ese tipo de afecto que solo los seres buenos saben donar por encima de las diferencias partidarias que ya nos separaban desde 1973.
 
¿Qué importan una inscripción en tal o cual partido, si existe un espacio común donde se confluye en añorar los mismos sueños, en mantener la capacidad de amar a los demás, con una sonrisa?
 
Mientras recordaba, me apoyé en mi hijo Frank, quien enhebró con Tonito la relación afectuosa heredada y me acompañó en el sepelio. 
 
La apesadumbrada multitud variopinta que nos rodeaba, testimonió todo un modelo de vida. 
 
Abierto a la pluralidad de las ideas, firme en las suyas, sin estridencias, superando los “itsmos” desde el paradigma de la libertad, por la cual luchó  desde jovencito, creyendo en la amistad como cosa indeleble y pura. Así vivió Tonito. 
 
Lo recordaré, vívidamente, unido a mi familia desde esas noches encapotadas de 1965; mi papá, Piero, Tonito, algún otro heroico, y yo. Rodeándonos el enjambre de mis hijos. 
 
Cenando mangú. Hoy vuelvo a compartirlo En Plural, memoriosamente, con mi amigo Tonito. 

tras Opiniones de Ivelisse Prats Ramìrez de Pèrez

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