Martes 22 de Agosto del 2017
Santo Domingo, República Dominicana

César Medina

¡La abstinencia del poder!
Puede ser más o menos prolongada, pero la abstinencia del poder es una enfermedad conocida desde los dominios tribales del pre cristianismo y diagnosticada científicamente como síndrome desde que Sigmund Freud tocó por primera vez el tema en los inicios de la Era del Psicoanálisis, al finalizar el siglo XIX.
 
No se limita a los jefes del Estado y por el contrario suele pegar con mayor fortaleza “a los más preparados del reino”, localizados regularmente en el segundo nivel de jerarquía que usualmente tienen plena conciencia del desamparo en que han quedado al abandonar el poder.
 
Es lo que explica el empeño de los cortesanos para forzar la continuidad de los gobernantes hasta eternizarlos en el poder porque son, regularmente, “los que más tienen que perder”, como decía el que más sabía de esas cosas, Joaquín Balaguer.
 
Una de las constantes políticas de la historia es precisamente el empeño enfermizo de los gobernantes a seguir siendo gobernantes incluso hasta después de muertos, y de ahí surgen los regímenes dinásticos que en algunos casos se eternizaron sucediéndose de una generación a otra.
 
En el caso nuestro, desde la cultura precolombina se sabe que el caciquismo político ha sido norma invariable, y si en algo hemos sido persistentes ha sido precisamente en la renuencia a salir del poder una vez llegamos a él… Los más ortodoxos aseguran que Duarte abominó del poder para evitar ese contagio.
 
Las variables de los EEUU 
Cuando Franklin Roosevelt fue elegido por cuarta vez como Presidente de los Estados Unidos, en 1944, él mismo promovió la enmienda constitucional que limitó a dos períodos el ejercicio presidencial… Lo dijo con estas palabras: “De querer seguir, seguimos hasta la muerte...”.
 
…En efecto, murió a los 74 días de jurar para ese cuarto período. Ha sido el único Presidente en la historia norteamericano elegido cuatro veces.
 
Pero no todo es beneficio en ese modelo norteamericano… Ha habido presidentes, como Bill Clinton, que han salido del poder muy jóvenes --en su caso, a los 57 años--, para convertirse en el clásico jarrón de porcelana china: “Todos lo quieren pero estorba donde lo pongan...”.
 
Jubilado tan joven, después de uno de los mejores gobiernos de los Estados Unidos, Clinton anda por ahí con escasa ocupación, viendo llegar la vejez con la última esperanza en su mujer, Hillary, para volver a vivir en la Casa Blanca.
 
El modelo norteamericano tiene otra desventaja relativa: después de pasar por el poder, jamás se vuelve a él, aunque haya durado sólo cuatro años.
 
Jimmy Carter perdió la reelección y al salir del gobierno en 1981, su popularidad había bajado a un 28 por ciento, pero cinco años después lo aclamaba sin ninguna esperanza más del 70 por ciento de los estadounidenses.
 
El caso dominicano… 
El caso dominicano es mucho más dramático porque los presidentes no caducan: los hemos tenido aspirando hasta los 94, ciegos, inválidos y cagalitrosos… Pero se niegan a marcharse aunque estén “al pie del sepulcro”. Todos llegan a considerarse “instrumentos del destino”.
 
La conclusión es que el continuismo es producto del endiosamiento que la propia Constitución otorga al Presidente de la República, y después de estar tan alto, resulta difícil bajar a la realidad… Por eso hay quienes han preferido la muerte, el pistoletazo, a dejar de ser Presidente… Otros se quedan a la mala, aún sabiendo que el pueblo sabio lo predica con esta sentencia: “… A todo puerco gordo, le llega su Valentín”.

tras Opiniones de César Medina

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