Lunes 21 de Agosto del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
Estudio
El 40% de las parejas no tiene deseo sexual

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Publicada el: 06 de Enero del 2015, 10:10:53 pm
Que no tengo ganas.  Que no tiene ganas: ¿seré yo?, ¿será solo conmigo? No tenemos tiempo. El quiere y yo no. Ella quiere otra cosa pero él no sabe lo que ella necesita. No se habla; de eso no se habla. Da temor; o vergüenza. A lo mejor piensa que hay otra persona. Y los chicos...¡los chicos!  No, no estamos muy comunicados. No como antes; o como deberíamos. La verdad es que no siento deseos sexuales.  Algo debe estar fallando porque no soy el mismo mientras estoy en pleno acto.. No es como antes, como hasta hace poco, como siempre fue. ¿Fue? No somos los de antes. Ay, la cabeza está en otro lado.  Que no aparezca esa imagen; ese disparador que tira e todo para abajo.
 
Pequeños diálogos internos. Soliloquios desbordados.  Sentir que no se tiene deseo sexual puede encender múltiples alarmas. La primera, la más obvia, quizá, en el corazón de la pareja. Eso de que ya- no-es-como-antes. O es-lo-mismo-de-siempre. Y la novedad que trae y atrae nubarrones: advertir con singular potencia que el deseo –el sexual–,  el que nos erotiza toda la piel,  no está en la cama conocida sino detrás de otro cuerpo, de otro nombre, de otro olor.
 
En algún momento de nuestras vidas, quien más quien menos percibe un bajón en este aspecto vital.  Circunstancias internas y externas hacen que ese “no tener ganas” se presente como dificultad. En principio, sólo un dato, transitorio, casi siempre. El problema, de haberlo, será si se instala como algo persistente y genera angustia. La vida cotidiana suele sacarnos del foco del deseo. Será difícil tenerlo y en plenitud si el cuerpo y la cabeza no están disponibles y navegan por otras aguas. Los sexólogos apuntan a los guiones sexuales aburridos o a alguna crisis en la pareja cuyo síntoma sea esa apatía respecto de la intimidad. O que factores externos como el estrés, el cansancio, los hijos, la escuela de los hijos, la carga del trabajo de cada uno, pueden contribuir  al  desgano. “Si la cabeza y el cuerpo no están disponibles, si no hay tiempo, es un error creer que el deseo se mantiene en piloto automático. Muchas veces significará un trabajo encontrarse o reencontrarse. El mito es pensar que el deseo se sostiene de manera adolescente y pasional para toda la vida”, define el sexólogo Adrián Helien.
 
Así, si no se enfoca, el deseo probablemente se vaya perdiendo. Todas las cargas del día a día lo succionan con otros focos de atención que distraen, debilitan y lo apagan.“Si me la paso trabajando todo el día, erotizo mi trabajo, mi mente y mi cuerpo se ocuparán de eso, nada más”, describe Helien. Suena extraño hablar de la falta de deseo cuando nunca, como en esta época, el ser humano estuvo frente a una oferta inagotable, desmedida y al instante, on demand, de estímulos eróticos.  Las páginas porno son las más visitadas en internet. La tecnología pone todo al alcance: ¿esto nos  ayuda o nos aísla?
 
Nunca como hoy hemos visto sexo tan explícito hasta embotarnos los sentidos. Y sin embargo, en algún momento, por algún motivo, podemos sentir que nuestras sábanas entraron en una suerte de destierro. Que nopasanadadenada y así pueden transcurrir algunos meses, incluso años. Curiosamente, cuando parece que ya no hay nada que desear porque todo está disponible (una ilusión, apenas) aparece la falta. Interesante. Como si la demasía erotizada abogara por la eliminación del deseo. Sumado al entramado de la sociedad moderna que, con sus desencuentros y exigencias, somete a los individuos a mayores temporadas de soledad.
 
Según diversos estudios, la prevalencia de la falta de deseo en las parejas es del 40 por ciento, en promedio. A la hora de señalar los motivos que la persona siente como disparador, ranquea en punta el estrés de la vida cotidiana como factor importante. Una encuesta realizada por el Consultorio Sexológico de PRIME aporta detalles interesantes: la mayoría de los hombres (68%) dijo que nunca le faltó deseo sexual frente a un 42% de las mujeres.  Y si no tienen ganas de  hacer el amor, los varones (59%) aseguraron que se lo  expresaban a sus parejas, mientras que ellas (41%) eludían el tema.
 
Lo que erotiza mi vida. ¿Dónde está puesto el deseo? ¿Qué es lo que, de alguna manera, erotiza nuestras vidas? ¿Qué elijo: mi pareja o chatear o mirar los mails aun en la madrugada? Las pantallas nos van invadiendo y las parejas no encuentran espacios para hablar o tienen buenas excusas para no hacerlo. “Yo creo que se pierde intimidad y comunicación y ese espacio lo ocupa la tecnología, el vacío o la nada”,  concluye Helien. Lo cierto es que la falta de deseo es un síntoma que empieza a hacer ruido en el vínculo.
 
Por otro lado, en épocas donde aparecen la amenaza del desempleo o el subempleo (una extorsión que taladra sobre todo en la cabeza de los hombres), la mente “tomada” por problemas económicos, la falta de tiempo cronológico para encontrarse, para cortejarse, seducirse; la ausencia de comunicación sobre las necesidades o fantasías de cada uno, la llegada de los hijos y, como quedó dicho, el abuso de la tecnología, arrastran a un estrés que erosiona de a poco la vida amorosa. La vida sexual no queda aparte. Así, se van sumando algunas pequeñas decepciones y situaciones frustrantes. Las mujeres suelen sentirse culpables por no despertar la pasión en el otro; sentirse poco deseadas, desengañadas o no amadas. Comienzan a batallar muletillas como:  “Estoy gorda, ya no le gusto”. Y se imprime la idea:  “Está con otra”.
 
En junio de 2004, un sondeo de IPSOS, publicado en Le Monde, estableció que  el 25% de las mujeres y el 15% de lo hombres consultados dijeron vivir prácticamente sin relaciones sexuales desde hacía varios meses, y de ellos el 26% indicaron ser indiferentes a tales relaciones. “Nuestra sociedad está fuertemente sexualizada y el sexo se ha convertido en una mercancía como otra cualquiera”, escribió la psicoterapeuta francesa Marie-France Hirigoyen en su libro Las nuevas soledades. El reto de las relaciones personales en el mundo de hoy. Según Hirigoyen, “se reproduce el mismo comportamiento del consumidor exigente que en los demás mercados. El goce debe estar garantizado”.  Así, el Viagra, que nació para solucionar trastornos de erección masculina, hoy se usa para mitigar la angustia del rendimiento. Porque “tanto en la cama como en el trabajo, el hombre se siente sometido a una obligación de resultados y teme ser puesto de patitas en la calle si no está a la atura de lo que se espera de él”. ¿Será que el placer sexual enmascara el pánico ante la aspereza de los sentimientos, la ausencia de vínculos  y de ternura?  “La verdadera problemática es el aislamiento afectivo”, agrega Hirigoyen. Y se sabe que mujeres y hombres no expresan la soledad de la misma manera: ellos tienden a pensar en la falta de relaciones sexuales; ellas, en el vacío relacional, en la carencia de una relación de ternura. Para las mujeres el deseo es consecuencuia de una armonía en la relación; para muchos hombres, en cambio,  el acercamiento sólo puede hacerse mediante el acto sexual.
 
Cuando se va el deseo, para la medicina, habrá una disfunción que tratar. Para los sexólogos, una dificultad que solucionar. Para los psicoterapeutas, se tratará de bucear en los caminos más complicados de la psiquis. Define Hirigoyen: “Para muchos especialistas constituye un problema. Para otros, más que un rechazo al sexo, se trata de un rechazo a la superficialidad de los encuentros. Es falso afirmar que el deseo ya no existe: simplemente ya no se encuentra donde lo esperamos”.
 
Nos aburrimos. Un hombre de 46 años comentó ante sus amigos: “Para tener relaciones con mi mujer tengo que hacer un esfuerzo... La quiero pero no la deseo como antes. Evado cualquier momento de intimidad con ella. Sé que eso nos está  separando de alguna manera. Y se me van las ganas de todo”.
 
“La apatía o falta de deseo sexual afecta tanto a hombres como mujeres y se caracteriza como una desmotivación a la hora de hacer el amor y un efecto negativo para cualquier tipo de estimulación, ya sea autoerótica, videos porno, lencería u otra situación, que resulta anodina”, explica la psicoanalista Adriana Guraieb. Según la especialista, no es un dato menor el aburrimiento en la pareja (sea una pareja sexual o una estable) en cuanto a los mismos rituales, la misma previa, las mismas posiciones en la cama; en definitiva, una rutina conocida que, repetida una y otra vez, quitando creatividad y estimulación, empobrece cualquier encuentro.
 
La especialista propone hacerse algunas preguntas:  ¿contás los días que pasan entre una relación sexual y otra?, ¿cuando tu pareja se acerca, te sentís acorralado o acorralada?, ¿sentís culpa si no accedés a tener relaciones?, ¿tenés un repertorio de excusas a la hora del sexo?, ¿vas preparando el camino para hacerle saber al otro que estás enloquecido o enloquecida con el trabajo?, ¿considerás que podés vivir sin sexo?, ¿te genera fastidio el inicio de los juegos amorosos?, ¿organizás los horarios para que no coincidan despiertos en la cama?, ¿te atrae más la idea de tener sexo con otra persona?, ¿hablan poco de sexualidad en la pareja?. “Si la mayor cantidad de respuestas son positivas, entonces estamos complicados. La apatía puede ser el síntoma de un malestar en el vínculo o algo más severo, como una depresión.”
 
Apenas una década atrás, o un poco más, los temas de alcoba no salían a la luz. No, al menos, con la apertura con la  que se exhiben hoy. La gente habla más de lo que le pasa. La mujer, además, al salir al mercado laboral, ganar espacios que antes eran privativos de los varones, generó la posibilidad de expresar su sexualidad, lo que quiere y le gusta.  Por supuesto, las brechas generacionales existen y hacen la diferencia. Los que andan por los veintipico naturalizaron las preferencias sexuales. En los de treinta y tantos, y mucho más cuando pasaron los cuarenta, todavía suelen permanecer rémoras de una educación represiva, que puede actuar como disparador del deseo que se va apagando o nunca se encendió del todo.
 
Descartando variables. “¡Dame una pastilla porque me deja!” La mujer tiró la súplica a su ginecóloga. Cerca de los 50, sin ganas de tener encuentros sexuales, su marido había empezado a sospechar. “No hay pastillas mágicas para esto”, responde María Victoria Bertolino, tocoginecóloga, master en Salud Reproductiva, integrante del área de Calidad de Vida y Medicina Sexual del Hospital Durand.
 
Recién en los 90 se empezó a hablar de la sexualidad en relación con componentes biopsicosociales. Esto es, “integrando aspectos biológigos, emocionales, intelectuales y sociales de cada ser humano”, apunta Bertolino.  Lo importante es saber que la sexualidad es desde que nacemos hasta que morimos. No hay edades donde sí funciona y donde no, sino que por diferentes  causas la persona puede tener menos deseo, pero no una ausencia. Por ejemplo, cuando llega el momento de la menopausia en las mujeres.
 
Según la especialista, en la sexualidad entran en juego estímulos internos y externos que se meten por los sentidos. En la mujer son importantes el oído y el olfato. En el hombre prevalece el estímulo visual. “Los estímulos internos son fantasías, recuerdos, todo lo que se construye como recompensa. Una relación sexual placentera construye un circuito de recompensa y vamos a querer repetirla. Lo contrario será decodificado como displacer. Hay situaciones educativas y sociales muy restringidas en cuanto a la percepción del placer que influye”, describe. Descartadas otras variables, como enfermedades o algunos medicamentos, el camino será estimular las percepciones y fantasías femeninas. Es el momento de retomar la intimidad, el cortejo que se dejó de lado, optimizar los pequeños infinitos si no hay más tiempo.
 
Amado Bechara, ex presidente de la Sociedad Argentina de Urología, focaliza: “El hombre compite contra sí mismo. Es la cultura del pene rígido. Cuando, en realidad, la respuesta sexual viene detrás de un estímulo, y hay días en que uno no está bien y no hay respuestas”. Sin embargo,  los hombres suelen llevar el “no tengo ganas” con bastante preocupación: “No entienden qué les pasa. Ven que le viene el viejazo y eso les preocupa”, describe Bechara. La Universidad de Massachusetts comenzó en los 90 y prolongó hasta 2010 un seguimiento en hombres entre 40 y 70 años. Se determinó que la mitad presentaba alguna dificultad erectil. A nivel global, según los estudios que se tomen, se estima que la disfunción masculina oscila entre el 40 y el 60 por ciento.
 
Las quejas son: “No siento que tengo pene”, “Está más chiquito”, “No tengo erección a la mañana”. Y si esto sucede es lo más parecido al acabose: “Si el varón no tiene erecciones se empieza a anular y, en general, eso los devasta. Es parte de la cultura machista, la del siempre listo, no fallar, que mi mujer esté satisfecha, que presiona y estresa aún más, haciéndose un círculo vicioso”.
 
El sexólogo austríaco Wilchem Reich,  en los años 40, creó el Orgone, una caja mágica que, decía, concentraba la energía para levantarle la libido. Algo descabellado. Reich  aseguraba que la cura de los problemas de la sociedad estaba detrás de que “la gente tenga orgasmos frecuentes”. El mensaje fue parte de los discursos de la liberación sexual  del momento y de la contracultura. La anécdota señala que cada generación creyó estar descubriendo(se) y experimentando(se) en la sexualidad. Así, el deseo sexual, o su falta, sólo tienen la novedad de que dejaron de ser secretos entre cuatro paredes

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