Viernes 18 de Agosto del 2017
Santo Domingo, República Dominicana
El amor en los tiempos del ébola

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Publicada el: 06 de Enero del 2015, 9:23:52 pm
Cuando su fiebre superó el calor del trópico, Jenny intuyó que ya llevaba el demonio dentro. Le contó sus miedos a Joseph, su novio, y éste cometió un error humano y mortal: secarle las lágrimas cargadas de ébola. Así, en una gota salada, el virus saltó de uno al otro.
 
Nuestra especie usa el semen para crear vida, la saliva para digerir alimentos, el sudor para eliminar toxinas. La enfermedad coloniza todos estos fluidos, el factor humano en estado líquido. Joseph y Jenny combaten hoy contra este microdios de la muerte en uno de los hospitales improvisados que se han levantado en toda Liberia.
 
En la región de Bong, en el interior del país, Save the Children construyó una de estas unidades de tratamiento. Un castillo de plástico y madera con olor a piscina olímpica en el que viven Korto y Josephine, madre e hija. El novio de Korto le transmitió la enfermedad y esta, sin saberlo, hizo lo mismo con su bebé Josephine, una niña de ocho meses, a través de la leche materna. Las mujeres y los niños son, como demuestran las estadísticas, las víctimas preferidas del virus.
 
Separados por una doble valla naranja, a un metro de distancia, Korto quiere contar su historia y la de su hija, que permanece en sus brazos: "Me contagié de mi novio en mi pueblo, Taylor Ta, y luego infecté a mi niña de ocho meses. Tengo otros dos niños que no se han infectado y que están con su abuela". Dice con su voz ronca que venció pronto al virus, como la mitad de sus compatriotas, pero decidió quedarse en la clínica a cuidar a Josephine, que estaba al borde de la muerte. Los médicos, la mayoría estadounidenses, se volcaron con su paciente más joven como si fuera un símbolo.
 
En sus reuniones, a alguien se le ocurrió combatir al virus con una terapia de lo más humana: recomendaron a su madre volver a dar el pecho a la niña, confiando en que aquello que le había 'envenenado', fuera ahora, recuperada la madre e inmunizada, el remedio contra la enfermedad. Donna, una enfermera voluntaria de EEUU, se ocupó de madre e hija y comenzaron el tratamiento, que no tardó en dar sus frutos.
 
La pasada semana, un email del personal de Save the Children, ofrecía noticias sobre el bebé: la prueba de carga viral de Josephine resultó "Negativa", o sea, libre de ébola. La leche materna, la misma que infectó a la niña, iba ahora enriquecida con los anticuerpos de Korto, y ha doblegado a la enfermedad en su cuerpo.
 
Su historia acaba con final feliz, pero cabe preguntarse cuántos viudos y viudas ha hecho el ébola en parejas que, simplemente, se besaron en plena enfermedad. Y cuántos padres han caído por atender a sus hijos. Y cuántos médicos se expusieron al virus sin guantes ni mascarillas por hacer su trabajo y no dejar morir a las personas sin asistencia. Eso es lo que hace del ébola una enfermedad terrible que usa los resortes humanos de la compasión y el cariño para expandirse de cuerpo a cuerpo.
 
Pero la humanidad también se usa contra el virus: los médicos escriben su nombre con rotulador en el traje que los despersonaliza. Así se convierten de nuevo en seres humanos y no en hombres del espacio. Es lo que hacía Pauline Cafferkey, la enfermera británica que contrajo el ébola en Sierra Leona y que lucha por su vida en el Royal Free Hospital de Londres. "Nurse Pauline" (Enfermera Pauline), es lo que le escribía en su delantal para sus pacientes y para el virus.
 
Tomado del mundo.es

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